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trazandoviajes.com

La temporada de auroras boreales en el hemisferio norte arranca en cuanto el verano empieza a despedirse. Es justo ahí cuando los rincones situados bajo el famoso óvalo auroral, esa franja mística alrededor de los polos magnéticos donde la actividad del planeta se vuelve pura magia, empiezan a presenciar el baile más increíble del mundo.

Muchos de nosotros imaginábamos este momento desde pequeños. Soñábamos despiertos con estar allí, bajo ese cielo iluminado, intentando averiguar qué hechizo podía mover aquel espectáculo de cortinas de colores intangibles que danzaban sobre las cabezas de forma acompasada. Por aquel entonces, la sola idea de vivirlo se sentía tan idílica… como irreal. Parecía algo reservado solo a las películas o a las expediciones de los antiguos exploradores.

Hoy en día, para quienes las hemos visto y seguimos viajando para verlas experimentamos una mezcla de curiosidad, emoción y ese pequeño cosquilleo que aparece cuando sabes que estás a punto de vivir algo que no depende de ti… pero que te puede cambiar por dentro.

Ninguna foto te prepara para lo que sientes en el pecho cuando ocurre.

Es una mezcla salvaje de nerviosismo, de frío que se te olvida de golpe, de un nudo en la garganta y una euforia casi infantil. De repente el corazón se te acelera, las pulsaciones se disparan y solo puedes mirar hacia arriba, con la boca abierta y sin poder articular palabra. Es una sensación que te puede hacer cambiar un viaje

Antes de liarte la manta a la cabeza y volar al norte, déjame contarte todo lo que casi nadie te dice sobre las auroras boreales. Desde lo que creían los vikingos hasta la ciencia más curiosa, las apps para cazarlas, los trucos de supervivencia y el gran dilema: ¿ir por libre o con guía?

Ponte cómodo, … y vamos a hacer un viaje al corazón de la noche ártica.

Para nosotros hoy es un viaje deseado, un «check» en la lista de sueños por cumplir. Pero imagínate estar en el siglo IX en pleno norte de Islandia. Eres un vikingo, cae la noche, el cielo se tiñe de un verde fosforito y tú no tienes ni la menor idea de qué es la física solar. Asusta bastante, ¿verdad? Esas palpitaciones que hoy sentimos de pura emoción, en aquel entonces eran de auténtico pánico.

Los vikingos creían que esas luces eran el reflejo de las armaduras de las Valquirias, cabalgando por el firmamento para guiar a los guerreros caídos hacia el Valhalla. Para los sami, los habitantes originarios de Laponia, la cosa era aún más delicada: decían que eran las almas de los muertos. Nada de gritarles, nada de silbarles y, por lo que más quieras, ¡nada de saludar con la mano! Creían que, si las provocabas, la luz bajaba y te llevaba con ella.

¿Y de dónde viene el nombre de «aurora boreal»? Pues se lo debemos nada menos que al gran Galileo Galilei en 1619. Bautizó el fenómeno uniendo a Aurora (la diosa romana del amanecer) y a Bóreas (el dios griego del viento del norte). Bonito, ¿verdad? El único problema es que Galileo… se equivocó del todo. Él pensaba que las luces eran la luz del sol reflejada en el vapor de la atmósfera. Se agradece el intento, Galileo, pero no.

Vamos a ponernos un pelín científicos, pero prometo que sin aburrir.

La culpa de todo la tiene el Sol.

Nuestro astro rey no para de lanzar al espacio un viento cargado de partículas con muchísima energía. A veces, pega un «estornudo» (lo que en ciencia llaman eyección de masa coronal) y manda una tormenta solar directa hacia la Tierra a millones de kilómetros por hora.

Cuando esas partículas llegan a nuestro planeta… chocan contra nuestro escudo invisible: el campo magnético terrestre. Ese escudo las desvía hacia los polos y, al colisionar con los gases de nuestra atmósfera superior (a más de 80 km de altura)… ¡tachaaan! Se transforma en luz y comienza la magia.

Depende de con qué gas choque la partícula y a qué altura:

  • Verde: El más común. Nitrógeno y oxígeno chocando a entre 100 y 300 km de altura.
  • Rojo: Ocurre con el oxígeno a más de 300 km. Muy raro de ver, requiere una tormenta solar salvaje.
  • Púrpura y azul: Nitrógeno en las capas más bajas de la atmósfera.

Y una duda lógica: ¿Son seguras?

Si, totalmente para ti. La atmósfera y el campo magnético de la Tierra absorben toda esa radiación a muchísimos kilómetros sobre nuestras cabezas. La aurora no te va a hacer ningún daño; lo único «peligroso» de la experiencia es pasar demasiado tiempo a bajo cero si no vas bien abrigado.

 Para la tecnología, no siempre: las tormentas geomagnéticas salvajes pueden afectar a GPS, comunicaciones y redes eléctricas. Pero tú, como viajero, estás a salvo.

Por cierto… ¿hacen ruido?

Durante décadas se dijo que era imposible. Pero los habitantes del norte juraban que a veces se oía un chasquido sutil, como de ramas secas o estática. Hace poco, científicos finlandeses descubrieron que tenían razón: en noches muy frías y sin viento, se crea una capa eléctrica cerca del suelo que genera pequeños petardeos audibles a apenas 70 metros de altura.

¿Es verdad que no se ven como en las fotos?

A ver, hablemos claro. En nuestro blog nos gusta decir la verdad por delante.

Si ves una foto hiperespectacular en Instagram con un verde chillón, debes saber algo: el ojo humano no funciona como la lente de una cámara. De noche, nuestra vista trabaja casi en «blanco y negro» (percibimos mal los colores con poca luz).

A simple vista, una aurora suave parece una nube velada, blanquecina o verdosa, que fluye por el cielo como un fantasma. Es hipnótica, pero la cámara, al acumular luz durante varios segundos, saca colores que tus ojos apenas intuyen.

Pero ojo… eso es solo cuando la actividad es baja.

Porque cuando te toca una noche potente (con un Índice Kp alto), la cosa cambia radicalmente. Y ahí es donde entra la magia en estado puro. La aurora deja de ser una cortina tímida y rompe a «correr». Empieza a serpentear a toda velocidad sobre tu cabeza, cambiando de forma cada tres segundos, soltando destellos púrpuras y rozando el verde fosforito a simple vista. En ese instante exacto se desata la locura: la gente a tu alrededor empieza a gritar de alegría, a reírse sin motivo, a abrazarse o a llorar de emoción… Es un chute de adrenalina puro. Te tiemblan las piernas y la emoción te desborda por completo.

A veces, los cazadores de auroras veían una cinta delgada de luz purpúrea y blanca cruzando el cielo de lado a lado. Pensaban que era una aurora rara hasta que en 2016 descubrieron que no lo era.

Lo bautizaron como STEVE (Strong Thermal Emission Velocity Enhancement) y no lo provocan partículas solares cayendo a la atmósfera. Es literalmente un río de gas hirviendo a más de 3.000 °C que fluye a toda velocidad por la alta atmósfera. Si en tu viaje te cruzas con esa franja morada… te ha tocado la lotería, pues ver a la prima lejana de la aurora es muy muy difícil.

Cazar auroras se parece mucho a ir a pescar: hace falta paciencia, saber mirar, soportar esa tensión de no saber cuando va a picar y por supuesto un poco de suerte. Afortunadamente, hoy tenemos tecnología de nuestro lado que facilita mucho las cosas

Para saber si hay opciones de verlas, fíjate en dos cosas:

La actividad solar (Índice Kp): Va de 0 a 9. Con un Kp 2 o Kp 3 ya puedes ver auroras geniales si estás muy al norte (como en Noruega o en Islandia). Si sube a Kp 5 o más… prepárate para un fiestón en el cielo.

La cobertura de nubes (lo más crucial): Da igual que el Sol mande la mayor tormenta del siglo; si el cielo está nublado, no verás nada. Tu mejor aliada siempre será la predicción meteorológica local.

Apps imprescindibles: Descárgate en el móvil My Aurora Forecast o Aurora Alert. Te mandan una notificación al teléfono cuando la actividad sube en la zona exacta donde estás. Ese pitido en el móvil a las cuatro de la mañana, créeme, te hace saltar de la cama con el corazón a mil.

Esta es la pregunta del millón cuando organizas la ruta. ¿Alquilamos coche y buscamos por nuestra cuenta o contratamos una excursión?

Ir por libre: Es más económico y te da una libertad absoluta. Te subes al coche, conduces hasta un lugar oscuro sin contaminación lumínica y esperas a tu ritmo. ¿El inconveniente? Tienes que conducir de noche, puede que por carreteras heladas o nevadas (lo cual impone si no estás acostumbrado) y te toca descifrar los mapas de nubes por tu cuenta.

Ir con guía local («Aurora Hunters»): Los guías no tienen un mando a distancia para encender el cielo, pero conocen cada rincón. Saben qué microclimas suelen tener huecos de cielo despejado, se comunican entre ellos por radio y, sobre todo, conducen ellos por la nieve mientras tú vas tranquilo. Además, te suelen preparar una fogata, té caliente y te hacen fotos profesionales. La espera suele hacerse mas amena.

Nuestra recomendación: Si es tu primera vez y no estás acostumbrado a conducir de noche o con hielo, combina ambas opciones o contrata al menos un tour la primera noche para aprender la dinámica.

Si estás pensando en lanzarte a la aventura, estás de suerte. No podías haber elegido un mejor momento.

El Sol tiene ciclos de actividad que duran unos 11 años. Actualmente estamos en pleno Máximo Solar. Esto significa que los próximos dos o tres años van a ser de los mejores de las últimas décadas para ver auroras frecuentes y potentes.

La época ideal: Olvida el mito de que necesitas estar a -40 °C en pleno mes de enero. Lo único que necesitas es oscuridad y cielos despejados. Por eso, la mejor época va desde finales de agosto  hasta abril. Los meses de equinoccio (septiembre/octubre y marzo/abril) suelen ser especialmente buenos por la inclinación de la Tierra respecto al Sol. Y además… ¡en septiembre u octubre no hace tanto frío!

Los mejores destinos: Canadá, Islandia, Alaska, Finlandia, Suecia, Noruega, Norte de Estados Unidos, …

Guía de supervivencia y fotografía (sin volverte loco)

Para disfrutar de la magia hay que evitar terminar tiritando dentro del coche. Apunta estos trucos de oro:

-Lleva ropa de abrigo, viste por capas, guantes y calzado impermeable, Los calentadores químicos de gel para botas y guantes son milagrosos y muy prácticos para la observación en quietud. Un termo caliente te dará vida.

-Para la foto:

  • 1. Llévate un trípode: Vas a hacer fotos con varios segundos de exposición. A la mínima que te tiemble la mano por el frío, la foto saldrá borrosa.
  • 2. Desconecta el enfoque automático: En la oscuridad tu móvil o cámara no van a saber a qué enfocar. Pon el enfoque manual hacia el infinito o a una estrella brillante.
  • 3. Mima tus baterías: El frío extremo drena las baterías a una velocidad absurda. Guarda las de repuesto en un bolsillo interior de la chaqueta, bien pegaditas al cuerpo, para que no se congelen antes de tiempo.

Perseguir luces en el cielo del norte es mucho más que un fenómeno físico. Es la incertidumbre. Es salir a la noche callada, mirar hacia arriba con el aire helado en la cara y el vapor de tu respiración flotando en el aire, tiritando de frío y de nervios a la vez, esperar con paciencia y dejar que la naturaleza decida cuándo hacerte su regalo.

Es una lección de humildad brutal.

Y, sobre todo, es volver a sentirte exactamente como ese niño que soñaba despierto con tocar el cielo.

Te han entrado ganas de sentir ese nudo en la garganta y meter el abrigo en la maleta? Cuéntanos en los comentarios: si pudieras sacar un billete hoy mismo, ¿a dónde irías a cazarlas?

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